AMOR ENTRE ALGODONES

Mi relato se va en dirección de una zona altamente calificada para el cultivo del algodón. Me refiero a Chincha Baja, provincia de Chincha, departamento de Ica en el centro del Perú. En esa región la vida transcurría entre los capullos blancos de los algodones que se deslizaban entre los dedos ásperos de los peones. Una familia, dueña de dos grandes haciendas, dominaba la vida económica y social del pueblo.

Un domingo, cuando el sol desalojaba de sus predios a las nubes, el patriarca asistía a la misa en la única iglesia, punto obligado de reunión de toda la feligresía. Entró de los brazos de sus dos hijas. La mayor, alta. Envuelta con la luz dorada de los reflejos de los azulejos de las ventanas, llamó la atención de un hombre bajito. Sentado al borde la fila de las bancas de madera gastadas, ataviado con su ropa dominguera, clavó su mirada insistente en la belleza andante. Para él, el silencio inundó la estancia y solo escuchaba los latidos de su corazón. Ella, le devolvió la gentileza con una media sonrisa nerviosa y una flecha cruzó las capas que bordeaban sus corazones. Transgredieron el silencio sin decir palabras. 

Con los días venideros, floreció el enamoramiento y cuando la familia se enteró de semejante atrevimiento, enviaron a la dama a un internado de señoritas en la región andina. Vano intento por deshacer lo que ya estaba escrito en sus vidas. El mozo no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer tan fácilmente. Se las arreglaba para ir de polizonte en los trenes de carga para verse con su amada. No había forma alguna que impidiera el curso de su amor. Así lo comprendieron en la familia y aceptaron, a regañadientes, que se casarán pero con una condición: Tendrían que vivir en la casa hacienda. Eso significada estar a las órdenes irrestricta del padre. El novio, con su orgullo sellado con acero, no aceptó. La novia, espoleada por su profundo deseo de estar a su lado, lo siguió. Iba en dirección contraria a los designios de su familia. Renunció a todos sus beneficios. No le importaba porque en su pequeña caja de sueños iba a escuchar su música y solo piensa en el hombre que la hará feliz. Allí empezaba a escribirse el libro de su vida. Nada se iba a interponer para cumplir sus deseos de mirar al mundo a su lado.

El “si quiero” y “te amaré para siempre” fueron los testigos de su boda. “Te amaré en la pobreza” se iría a cumplir en los primeros años sin lugar a dudas. Vivieron los tres primeros hijos. Como no se iba a quedar a mirar como seguía su curso las privaciones y dificultades económicas de un asalariado, en el silencio del algodonal, tomó la decisión de ir a buscar otros horizontes. Cargado de ilusiones se abrió camino a través de los pájaros errantes y llegó al puerto de San Andrés. Consiguió un trabajo de auxiliar de contabilidad en una oficina en Pisco y le cambió la vida. Se mudó la familia y dejaron que las bellotas de algodón se quedaran respirando en su lugar. La frontera del amor puro, no tiene límites.

Por correspondencia, terminó sus estudios y por esa misma vía, obtuvo su título de Contador Mercantil. Dada su fe inquebrantable de superación, una vez que el dueño de la oficina se retiró, le dejaron a su cargo incluido los clientes. Nos mudamos esta vez a Pisco. Por fin había cumplido su promesa de dar una vida más digna a la familia  y hacerse merecedor del amor inconmensurable de su paciente esposa.

Ella fue el sostén del hogar. Su amiga, su confidente, su amante y su fiel compañera. Se dio tiempo para las labores de la Parroquia. Vestía a los canillitas y lustrabotas de la Plaza de Armas. Llevaba desayunos a los presos los domingos. El, avanzaba en su profesión y fue Presidente del Colegio de Contadores. Formaron el Movimiento Familiar Cristiano y daban charlas a los que se iban a casar en varias ciudades: Ica, Arequipa y hasta Cuzco. Nunca pidió nada a nadie para esas conferencias y solo Dios sabe como llegaban los recursos para semejante labor apostólica. En el viaje en autobús, con su hijo mayor Luis de acompañante, preparaba sus discursos. Tenía una facilidad de palabra increíble y un don de convencimiento excepcional. Tal es así, que fueron padrinos de bodas de más de 80 parejas.

Vivieron momentos maravillosos porque, como matrimonio, formaron una sociedad indisoluble. Ella se fue primero cuando los ángeles dieron su consentimiento para volar los cielos al lado del Creador. Luego él, no pudo soportar su ausencia y les siguió los pasos. Juntos, podrían seguir disfrutando de ese inmenso amor. Yo puedo asegurarlo, porque en vida, fui un testigo en primera fila. Soy su tercer hijo. Por eso, cuando los domingos por la mañana, le llevó flores a Nivia, dejó que el viento eleve un pétalo para enviarle un beso a mi madre y con un suspiro profundo de mi corazón, abrazo a mi padre.

MANUEL ANGEL CALDERON MURGUEYTIO.

Mamá y papá

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