La mirada de la luna

En el trasfondo de las astillas de la noche, las horas seguían rodando a cuentagotas debido a mi aburrimiento. Ya el tiempo se había roto desde que salí a caminar por las calles de San Isidro. Mis pasos seguían mojados por la incesante llovizna que cubría el pavimento, cuando observé, a través de la capa de frío, las luces de neón del café Delli. Las mesas estaban copadas de clientes. No era para menos por su menú tan atractivo. Me ubiqué al final de la barra. Me provocó un capuchino y tiramisú. Estaba absorto contemplando la figura en la taza y por reflejo, levanté la vista. Al otro extremo divisé a una mujer con los ojos más extraordinarios que me hubiese podido imaginar.

En ese instante, un halo de luz se extendió en el local dejando una onda invisible a su paso. Cuando se dio cuenta de mi atrevimiento, esbozó una sonrisa encendida llenando su rostro de una dulzura incomparable. Un rayo fulminó mi corazón solitario y la aflicción se desvaneció debajo de mi regocijo inesperado. Inconscientemente cerré los ojos para estar seguro que el destino me había deparado semejante alegría. Al abrirlos, ya no estaba. Apresuradamente cancelé la cuenta y salí disparado a la calle. Nadie a la vista. El viento silbaba. Me llegó el rumor de una ráfaga de perfume de jazmín que después se quedó impregnada en mi almohada.

No me di por vencido. Regresé al local e indagué con el personal  pero no supieron darme información. De todas formas, dejé un ojo prendido en cada pared por si acaso regresaba.

Varias veces repetí el ritual en vano. Cuando ya había perdido las esperanzas de hallarla, la vi saliendo del café. Una sensación helada invadió mi cuerpo y la seguí a una distancia prudente con mi sombra a cuesta. Mis pasos dejaban grietas en el suelo debido a la emoción que me embargaba. Llegó al Malecón y bajó las escaleras a la playa. El cielo se había teñido de un azul incandescente dejando la arena con una claridad inusual. Ella se introdujo en el mar con su vestido blanco inmaculado hasta desvanecerse sigilosamente en cada ola. Sólo quedó flotando una línea tenue de un destello brillante que dejaba ver el fondo de las rocas. La luna plateada, en todo su esplendor, me regaló la sonrisa que había estaba buscando afanosamente en el mundo de lo imposible.

Hoy en día, cuando la melancolía tiende a recostarse en mi existencia, tomo una botella de vino, una copa y me voy al malecón. Le prendo fuego a la tristeza y de sus cenizas, recupero esa mirada que me brinda la noche cuando le digo salud a la luna.

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