El muelle

Eran tiempos en que recorríamos las calles de mi pueblo iluminados por el sol abrazador de los veranos interminables. Siempre en grupo, atravesábamos el pavimento incandescente de la Av. San Martín, tan larga como las paredes silenciosas de las casas a ambos lados de la vía. Varias amigas vivían en el trayecto pero esta vez era cosa de hombres. Las sombras punzantes de las chicas quedaban fuera de nuestro ámbito aunque no dejábamos de ver las ventanas por si alguna de ella asomaba su rostro.

El sudor no hacía mella en nuestro ánimo porque el llamado del mar era más potente que las fastidiosas gotas de sudor que discurrían en la cara. Nos dirigíamos presurosos a la playa para rubricar la hazaña de nuestra vida joven. Buscábamos el séptimo cielo con esa proeza.

Por fin divisábamos el muelle. Algo de pánico nos invadía al acercarnos pero lo disimulábamos con risas nerviosas al discutir para ver quien se tiraba primero de la pluma de carga que estaba al final. Nuestros pasos en la madera, se volvían de plomo y los pensamientos encontrados hacían hervir la sangre en la venas. No teníamos idea de cuantos metros de altura había pero era suficiente para intimidar a cualquiera. “Los valientes van hasta lo más alto” y comenzábamos los lanzamientos desde la punta de la pluma. Las olas llegaban seguidas. El agua se vía desafiante, como esperando un error para cobrar sus dividendos de nuestra osadía. Con solo mirar la distancia, un nudo en la garganta te impedía respirar. Sentía palpitar tan fuerte el corazón que pensaba que lo tenías en la mano. Cerrabas los ojos y ¡¡zas!! Te arrojabas con los brazos estirados. Mientras caías, sentías un vacío en tu estómago y los segundos, se convertían en una eternidad. El viento estallaba en tu cara y si te ladeabas un poco, el golpe era tremendo. Entrabas al agua como si te rebanaran la piel con un cuchillo afilado. Dentro de ella, el dolor era como una elevar una oración, agradecido por ver el fondo del mar. Salíamos a la superficie levantando un brazo, con el cuerpo arruinado pero sonriendo para ocultar una lágrima con sabor a sal. El miedo se había derretido como una vela y la vida seguía su curso.

Como plumas que se las lleva la brisa del océano, rememoramos las locuras escolares que nos acompañan en la nostalgia y las procesiones de recuerdos, nos gritan que la marea sigue alta. Las huellas quedaron selladas en las maderas crujientes de ese camino de ingenuidad peligrosa que nos hizo vivir momentos inolvidables.

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