Caminé al lado del indeseable silencio con una nube oscura merodeando el ambiente.         Al llegar la lluvia, las gotas lavaron la soledad. La sombra del crepúsculo se asomó al final de la calle y allí la encontré. Sus ojos reflejaban el azul del mar. Teníamos años sin vernos. Un asombro sin voz nos envolvió en un abrazo tierno. En vista que el corazón une lo que el olvido divide, tan solo le bastó una mirada para deducir que codiciaba su exuberante figura.

_ Adivino tus intenciones. Por lo visto, no has cambiado. Ahora tengo una relación pero te       voy a complacer. Eso si, haremos el amor con una condición: No me vas a tocar.                   Sin entender un ápice lo que significaba, la seguí a su apartamento. En la habitación sobresalía un enorme espejo. Se acercó a el y empezó a desnudarse voluptuosamente equilibrada sobre el piso. Yo estaba sentado al borde la cama con miedo a que desapareciera el momento. Quise acercarme. Con una voz baja, casi susurrando, me dijo:

-Ese no fue el trato. Si lo haces, te vas.                                                                                                       Una lámpara proyectaba luz a los muslos firmes. Los movimientos de caderas era una delicia sensual a mis ojos. Mi imagen se reflejaba en el espejo. La comenzó a palpar con una mano. Con la otra oprimía su pecho.                                                                                                   Ahora comprendí lo que quería decir. El sexo será a distancia. Solo quedaba imaginarme dentro del espejo. A esas alturas, estaba dispuesto hacerla mía con los ojos cerrados.             La carne se volatilizó convirtiéndose en espíritu. Así pude acariciar, con una pasión desenfrenada, cada retazo de su piel.

Abrí los párpados. Ella estaba pegada al espejo gimiendo un orgasmo profundo. Clavado en el asiento, era el amante invisible persiguiendo a una mujer indomable en una aventura insensata y fantasiosa. Por otro lado, había disfrutado una sensualidad sustitutiva asomándome lentamente al éxtasis.                                                                                                           Alcancé a besar su aliento en el aire sin forma, acompañado de una felicidad muda, extraña.

El aroma de su cuerpo se impregnó en las fosas nasales y mi cabeza se llenó de telarañas.     Seguí el camino del amanecer a pasos cortos tras las huellas del lucero matutino.

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